The Travel
La Costa de Ecuador - 2008-10
lunedì, novembre 4, 2008, 08:04 PM - Ecuador

El capítulo anterior lo cerré con el deseo encontrar en la costa de Ecuador una naturaleza paradisíaca de mar turquesa y arena blanca. Dado que mis valores cambiaron en estos últimos días, puedo decir que sí encontré un paraíso, pero de naturaleza humana en las personas que conocí. A ellos dedico este relato, agradeciéndoles todo lo que hicieron por mí. Antonio Sánchez, Farid Dourmet Miranda, Alexandra y Juan Vera, Juan Carlos Mesa, Rubén Kon, Janet y Fiore Alba, Ruth y Enrique Loor Zambrano, Janet y Luis Tobar, Luisito Valerio, Charlie y Rosana, Karina y Luciano, Paula y Eduardo Iglesias, Magaly Moreano, Lourdes Intriago de Villacreses, Mirko y Loa Rodic. Además, estaré por siempre agradecida a Jorge Rivera, David Di Mattia, Hugo Previgliano y sobretodo y sin duda a Mónica Vicens, por todo el soporte, el cariño, la preocupación y la ayuda que nos dieron cuando la necesitábamos. También agradezco todos los que se hicieron presentes en persona o a través de e-mail, o llamados y que sentimos muy cerca. Gracias!!!

Los primeros 20 días de octubre lo pasamos en Guayaquil, aunque nuestra idea era estar sólo un par de días, pero nos detuvimos más tiempo para hacer algunos trabajitos de chapa en la Bambi. Gracias a Loa y Mirko conocimos los barrios turísticos y los populares. Encontramos un gran contraste en esta ciudad tan rápidamente desarrollada en la última década. Cansados del acelerado ritmo de la ciudad, un domingo al medio día partimos hacia la costa de Ecuador. La ruta parecía recientemente bombardeada por la enorme cantidad de pozos que fuimos sorteando a lo largo de las 3 horas y media que nos levó hacer 130 k para llegar al mar.

La temporada es baja y fría, las playas están vacías, pero los ecuatorianos al revés del mundo, denominan a esta época el verano. De sur a norte la costa está compuesta por 4 provincias: El Oro, Guayas, Manabí y Esmeraldas. La ciudad de Salinas, a 130km de Guayaquil, es un balneario considerado chic, tiene edificios altos frente al mar, shopping, hoteles y restaurantes y una franja ancha de arena blanca con cuadras de reposeras y sombrillas.

Subiendo por la Ruta del Sol hacia el norte pasamos por pueblos humildes y llegamos a Montañita un lugar de moda para los jóvenes surfistas, caracterizado por sus callecitas de tierra, con artesanos en las veredas, hosterías y barcitos hechos de madera y bambú que quedan abiertos hasta la madrugada, permitiendo una vida nocturna MUY RUIDOSA. Los ecuatorianos llaman al lugar: Hippie-Land. Dormimos aquí tres noches, estacionados frente al mar, hicimos una fogata en la playa con amigos, tomamos jugos de frutas naturales, comimos ceviches de concha negra y crêpes de nutella. Charlie cayó en una fuerte adicción que no logramos curar hasta el día de hoy: se despierta a las 7:00 a.m llorando para bajar de la Bambi e ir a jugar en la playa, a las horas regresa sólo a tomar agua y luego vuelve a sumergirse nuevamente en su adicción.

Mirko nos llevó a San José, un pequeñísimo pueblito donde un amigo pintor tiene su atelier. Lo encontramos con el pincel en la mano sobre el lienzo y así lo dejamos. No se detuvo ni un momento de crear su selva de oleos verdes. En el siguiente pueblo de pescadores, Puerto López, comimos ceviche de Spondylus, que es una concha de color salmón nacarado con formas puntiagudas, muy valorada para elaborar joyas finas y por su sabor sublime.

Nos despedimos de Loa y Mirko y retomamos la Ruta del Sol. Unos kilómetros más al norte entramos en el Parque Nacional de Machalilla. Pagando 12 dólares cada uno, accedimos a la Playa de los Frailes, un paraíso conservado virgen donde nos bañamos desnudos, los tres juntos, en el agua tibia y transparente del pacífico. También practicamos yoga y tomamos algunos rayitos de sol protegiéndoos con cremas y alguna sombra de un árbol. Lamentablemente no pudimos quedarnos aquí, porque Los Frailes cierra a las 16hs, por lo tanto decidimos continuar nuestro rumbo hacia el norte. Ya en la provincia de Manabí fuimos atravesando algunos pueblitos pesqueros nada encantadores, y en uno de ellos, San Mateo, nos agarró la noche y paramos a dormir.

Al día siguiente llegamos a Manta, que es el segundo puerto de Ecuador, una ciudad con 600.000 habitantes. De casualidad encontramos el primer camping de Ecuador y nos quedamos allí tres días enchufando la Bambi a la corriente y estacionados sobre el pasto frente al mar. Aprovechamos esos días para averiguar si había barcos cargueros que nos trasladen con la Bambi hasta Panamá. De la Agencia Transoceánica donde preguntamos nunca recibimos respuesta. El único presupuesto que nos pasaron de Guayaquil hasta Panamá, fue de la absurda cifra de 6.000 dólares. Manta es una linda ciudad, con su costanera, hoteles 5 estrellas y buenos restaurantes, supermercados, shopping y barrios nuevos.

Llegamos a Crucita, un pueblito pequeño donde se vuela parapente, un 24 de octubre. Cuando empezó a caer el sol, festejamos nuestro primer año de casados en un restaurante de cañas de bambú sobre la costanera, donde comimos ceviche de frutos de mar y brindamos con caipiriña. No había gente en las calles ni en el restaurante. Estábamos sólo nosotros y el mar.

Un par de horas antes, cuando entrábamos al pueblo por una calle principal hacia el mar, nos cruzamos con un ragazzo en moto, la primera persona con la que hablamos, que nos saludó en italiano. Fiore Alba un napolitano que desde hace una década vive en Ecuador. Trabajó 30 años en Suiza como Chef profesional. Junto a su mujer Janet forman una pareja hermosa. Además de los paseos en moto, comparten cada mañana kilómetros en bicicleta. Nos invitaron a almorzar en su linda mansión, amasaron pasta casera a la bolognesa y lo acompañaron con vino chileno. Desde ese día empezó una lindísima amistad. Y durante toda nuestra estadía en Crucita compartieron y nos acompañaron en todo momento con un amor fuera de lo común. GRACIAS FIORE Y JANET!!!

En Crucita paramos en la Hostería Los Voladores. Nos atendió su dueño Luis Tobar, instructor de Parapente. Nos permitió estacionar la Bambi en su patio, enchufarnos a la electricidad y usar el baño por 5 dólares al día.

Nos llevó a volar orientándonos en los primeros vuelos. Junto a su mujer Janet y sus hijitos Andrés y Jordi compartimos una pasta hecha por Paolo, una torta de cumpleaños de los 9 de Andrés, alguna cervecita y toda la buena onda y hospitalidad. Ellos nos ofrecieron todo lo que estaba a su alcance, siempre con una encantadora sonrisa. Y es gracias a ellos, a Charlie y a Luisito Valeriano, que nos sentimos muy bien viviendo este mes en Crucita, como si fuera nuestra casa.

También conocimos a Luciano y su mujer Karina, una pareja que viven desde hace años en Ecuador y tienen 4 hijos. Manejan un chiringuito de bebidas sobre la costanera. Son personas muy cariñosas y encima argentinos, lo que no está nada mal en ninguna latitud del mundo. Compartimos algunas cervezas con pizza casera y la invitación a comer empanadas, haciendo una vaquita entre todos para la carne molida y los vinos. Hubiésemos estado mucho más tiempo juntos si yo no.. Conocimos también a otra pareja de argentinos de San Martín de los Andes que viajaban por Sudamérica en su casita rodante con sus 2 hijitos varones. En el chiringuito de Luciano charlamos de la realidad social de Ecuador y Argentina hasta la madrugada.

El último día del mes de octubre, amanecimos con un sol espléndido. Paola y Eduardo nos invitaron a tomar el desayuno en su departamento con balcón frente al mar. Y como era un día para volar, nos despedimos con la promesa de encontrarnos en el despegue de parapente.

A las 10 de la mañana, con un cielo despejado subimos en la camioneta de nuestro instructor Lucho, su ayudante Charlie, Paolo, Philippe un piloto francés y yo. Los tres compartimos el aire volando sobre el Océano Pacífico. Ese día el mar estaba más azul que nunca. Fue el vuelo más lindo de mi vida, casi dos horas a la par de algunos pájaros. Al medio día el viento empezó a soplar más fuerte y en ese momento mi instructor decidió que era el momento de aterrizar, entonces bajó a la playa con su camioneta para recibirme y guiarme en la maniobra. Ya lo habíamos hecho lo mismo en los tres vuelos de días anteriores con éxito total.

Pero ese 31 de octubre "Día de Brujas" la cosa no salió igual. Y la combinación de varios factores, como mi falta de experiencia e información, el viento que en minutos se puso muy fuerte y mi maniobra equivocada cuando mi vela empezó a retroceder en lugar de avanzar, me llevó en segundos a impactar con la tierra. No perdí el conocimiento en ningún momento, pero sentí un fuertísimo dolor en la espalda y en el primer minuto no logré mover las piernas, lo que me llevó a pensar que había quedado paralizada. Pero también entendí que estaba viva y debía pedir ayuda por radio y explicar el lugar aproximado donde había caído para recibir el rescate. Paola y Eduardo que estaban en el despegue vieron todo mi hermoso vuelo.

Pero también fueron los únicos testigos de mi caída y los primeros en auxiliarme. Eduardo, asesorado telefónicamente por su padre médico, recomendó trasladarme en tabla, evitando ponerme de pié en ningún momento. A los minutos llegó al rescate mi instructor Luis junto a Charlie. Y en el camino se sumo Paolo que escuchó mi pedido de auxilio por radio mientras estaba volando. Juntos me llevaron a la Hostería y a los pocos minutos llegaron Fiore, Luciano y Janet que llamaron a la policía, la cruz roja y los bomberos. En pocos minutos todo el pueblo de Crucita estaba rodeando el lugar. La ambulancia de los Bomberos me llevó al pueblo más cercano, Portoviejo a 35 km de Crucita, donde había atención médica y centros de estudios radiológicos.

Pero el viernes por la tarde en Portoviejo comenzaba a cerrar todo. Entonces Janeth pidió por teléfono a Ruth, la dueña del centro radiológico, que mantenga abierto el lugar y que los técnicos no se retiren para poder atenderme. Me hicieron rayos x, resonancia magnética y ecografía. Ruth llamó a su médico de confianza para que se traslade al Centro Radiológico a leer los estudios. A las 19hs, llegó el Dr. Juan Vera para leer la Resonancia e invitó Paolo entrar al consultorio. Mientras tanto yo esperaba acostada sobre la camilla, dolorida y con frío, y las ganas de salir pronto caminando. Después de minutos que me parecieron horas, el Doctor Vera, junto a Ruth, Janeth , Fiore rodearon mi camilla. Paolo agarraba mis pies y sus ojos no trasmitían nada lindo. Vera me explicó que debían operarme, lo que me pareció una broma. Espontáneamente le pregunté: "Me está jodiendo!!??" Lamentablemente, serio, me respondió que no. Enseguida me inmovilizó con una faja lumbar y me trasladaron a la Clínica San Antonio. Otra vez en ambulancia. Que dolor! Fiore y Janeth nos acompañaron en todo momento.

Más tarde apareció el Dr. Antonio Sánchez Delgado, respondiendo al llamado de Paolo. Sánchez nos dio una segunda opinión mirando los estudios y nos confirmó la necesidad de la intervención. Respondiendo a mi puntual pregunta del porqué me tenían que operar, me respondió con dibujos representativos de la situación de mi L1 colapsada, y de mi médula invadida. Y respondiendo a la pregunta de Paolo sobre si él mismo podía operarme, con toda tranquilidad afirmó que sí. En todo eso, yo me quedaba curiosamente sonriente y tranquila. No se asume de inmediato que tu cuerpo, de repente, necesita un largo proceso de cura y rehabilitación. Un tiempo que hiría transitando con una paciencia y una relativa tranquilidad que ni yo pensaba tener.

Terminamos el mes de octubre en la habitación de la Clínica San Antonio estudiando el Plan A: que era el traslado a Buenos Aires para operarme. Y comenzaríamos el mes de noviembre en la misma habitación, con mi espalda y pelvis fracturadas, y un montón de cosas para resolver, pero juntos y rodeados de amigos.