The Travel
Ecuador - Colombia - 2009-02
lunes, febrero 20, 2009, 08:04 PM - Colombia

Supongo que este diario de viaje es un modo de registro, entonces tener material para un día contarles historias a mis nietos.
Para aquellos que todavía no se aburrieron de leer esta bitácora va dedicado este capítulo.
En especial a mi amigo Luis, que me dio este empujoncito, para estar nuevamente frente al teclado.

Y sí después de 9 meses de viaje, me estaba aburriendo un poco escribir esta bitácora.
Pero el riesgo de no hacerla es que un día no muy lejos de hoy, se me confundan los lugares y se me borren las fechas de la cabeza.
Así es que… aquí vamos.
En noviembre me operaron de la columna, y después del obligado descanso en Buenos Aires, regresamos al mismo punto de Sur América donde se interrumpió el viaje: Crucita- Ecuador.

Nuestro amigo Fiore Alba, nos recibió en su casa.
Es un italiano de Caserta, que trabajó toda su vida en Suiza como Chef profesional.
En Lausanne abrió su propio restó y trabajó como burro toda su vida.
Se casó, tuvo dos hijos, los crió, y finalmente se separó.
Hace una década conoció a una enfermera ecuatoriana Janet Barcia.
Ella, lo invitó a conocer su pueblo, Crucita.
Llegó, se quedó y se casó.
Actualmente comparte sus días con Janet y su hija Nicole.
Y vive pegado a sus suegros y cuñados.
Compró terrenos, construyó su casa, locales de ropa para Janet, bares para alquilar, edificios de departamento para vender y actualmente está a punto de abrir su  Pizzería.
Fiore dice que ama el ciclismo y la moto y su sueño pendiente es recorrer a partir de Tierra del Fuego, toda Sur América.
Pero da la impresión que ama aún más hacerse nuevos amigos y ayudar a quienes necesitan algo.
Es un idealista romántico sin cura aparente.
Nos preparó platos increíbles con frutos de mar que nos abrió nuevas zonas inexploradas de las papilas.
Pero sobre todo nos abrió el corazón.

Pasamos nuestra primera semana de febrero del 2009 a 10 cuadras de distancia de donde vivimos todo el mes de noviembre del 2008, y la experiencia fue completamente diferente: la temperatura cambió de frescas noches sin mosquitos a pegajosas noches y calurosos días. El viento brilló por su ausencia, motivo por el cual en lugar de volar en parapente, jugamos tardes enteras con Charlie en el mar.

Vivir en el pleno centro del pueblo, nos conectó con diferentes estímulos: el reaggetón y la cumbia a todo volumen proveniente de los enormes parlantes apoyados en los baúles de los autos y camionetas, el movimiento continuo de gente que invadían las veredas con sus sillas, sus heladeritas portátiles y sus irritantes risotadas.
Los puestos ambulantes de banana asada, hielo rayado con colorante artificial o artesanías de coco.
Todo esto transformaron en ésta época del año a Crucita, de un tranquilo lugar de vuelo, a una playa popular llena de gente, carente tachos de basura y reglas.
Las botellas vacías, los papeles y los plásticos, arrojados en la playa, tapizan la poca línea de arena que sobrevivió.

Los colores del atardecer nos dieron una oportunidad para guardar en la mente algo lindo de Crucita: el sol encendido refrescándose en el mar.
El último día la gota derramó el vaso: corte de luz y falta de agua.
Los barcitos, con velas y cerveza caliente eran la oferta.
La alternativa propuesta por Fiore era cocinar. Si lográbamos comer algo en esta precaria situación, me sacaba el sombrero.
Paolo tomó la posta y juntos prepararon el mejor Risotto ai Funghi que jamás probé en mi vida.
Pero ya no quedaban más velas… colocamos la mesa en el patio bajo la luz de la luna y así compartimos la última cena, mágicamente iluminados.
Gracias Fiore y hasta pronto.

Retomamos ésta segunda etapa viviendo sobre la Bambi en movimiento.
Rumbo: norte.
Objetivo: terminar de conocer la costa ecuatoriana.
Siguiente parada: Canoa.
Un lindo pueblito con hosterías de buen gusto sobre el mar.
Sus líneas de palmeras sobre la playa ancha de arena blanca y sus sombrillas de paja con hamacas, fue lo más estético como propuesta playera, que encontramos en Ecuador.
Aquí conocimos a un grupo de cinco divertidos italianos de Grosseto que les gustaba el  surf.
Tuvimos buena química y compartimos, pizza, “birra” e “chiaccherate” ( pizza, cerveza y charlas).
Como me sentía muy bien  y tenía algunas sticky mat en la Bambi, me animé a darles una clase de yoga. Fue emocionante y me llenó de energía.
Nos despedimos la mañana siguiente ofreciéndoles un desayuno en nuestra lindísima hostería.

 En la ruta hacia el siguiente pueblo de Pedernales, pasamos algunos ríos de aguas marrones y vimos algunos niños jugando en el agua.
En Ecuador la educación básica no es obligatoria…
En una oportunidad le pregunté a un niño que estaba jugando en la calle de tierra con una pelota, si iba a la escuela y me contestó sonriendo que sí, le pregunté entonces a qué grado iba y me miró confundido aclarando espontáneamente que se trataba de una  escuelita de futbol…

 Y siguiendo hacia el norte en el pueblito de Chamanga, encontramos un cartel que comunicaban  exactamente lo contrario a la realidad, pues los niños felices e inconcientes jugaban entre la basura arrojada en la laguna.

 Tristemente los residuos arrojados por los lugareños decora casi toda la costa ecuatoriana.

 En el pueblito costero de Mompiche la misma decoración continuó mostrando el nivel escaso de presencia del estado y la ausencia de los servicios básicos como la recolección de basura, como también se transparenta la falta de educación y cuidado de los espacios públicos.
Continuamos viendo cantidad de niños divirtiéndose en la calle, solos o con artefactos simples como palos y ruedas.

El verde de la naturaleza se nos impuso y el pigmento oscuro en las personas se convirtió en el color predominante. Lindísimo!

Siguiendo la misma ruta costera encontramos Same que es el balneario de los VIP de los quiteños.
Es la única playa donde vimos departamentos de categoría, barcitos lindos, y hasta un Yacht Club.
Nos quedamos allí un par de días, disfrutando de limonadas y sol.

La verdulería en muchas oportunidades es ambulante con precios muy accesibles pero escasa variedad, no obstante tomates y fruta siempre son bienvenidos en nuestra heladerita.

 Más al norte llegamos a Atacames, que según los mismos ecuatorianos describen, es una ciudad peligrosa.
Es la playa popular, con miles de barcitos en la arena que se aturden compitiendo con diferentes músicas y ritmos.
Dimos una vuelta.

La gente se veía simpática y relajada.
En la guía de turismo, que tenemos nosotros, describen a los habitantes de esta zona como amantes del hacer nada por el día y la fiesta por la noche.
No nos quedamos el tiempo necesario como para comprobarlo.

En Sua, un pueblito de pescadores muy tranquilo, conocimos a Thomas, un Italiano de Rovigo a punto de casarse con una ecuatoriana.
Y también un par de  jóvenes argentinos que viajan a bajo presupuesto.

Allí nos quedamos un par de días en unas cabañas ecológicas con agua fría. Cocinamos y lavamos ropa, ordenamos fotos y tocamos la guitarra.

También descubrimos una pequeña playa virgen y escondida, un lugarcito interesante, cómo a nosotros nos gustaría encontrar para comprar en Costa Rica.
Nos despedimos del mar ecuatoriano – y del océano pacífico - antes de dejar la costa rumbo a la Cordillera.

En la ruta hacia Quito pasamos por San Miguel de los Bancos, un pueblo de 10 cuadras, donde estaban trabajando en la calle principal y parecía un área bombardeada en tiempo de guerra. También sufrían un corte de luz, pero que nos permitió disfrutar de una excelente cena y conectarnos con nuestra familia.
Antes que se esconda el sol caminamos para mirar un poco como son, como viven.

La temperatura bajó abruptamente, pues ascendimos a los 3.000 sobre el nivel del mar.
Por suerte en San Miguel de los Bancos encontramos una hostería con mirador para pasar la noche. El dueño, que no contaba ni con agua, ni electricidad, nos permitió dormir en la Bambi parados en su estacionamiento con una vista magnífica al río.

Estamos en épocas de lluvias y las rutas están en muy mal estado.
Atravesamos derrumbes y tramos donde estaba cortado y se formaban filas de autos y camiones.
Tuvimos suerte y llegamos sin mayores problemas a la MITAD DEL MUNDO donde hay un parque con un monumento y tiendas con souvenirs.
Técnicamente este parque se encuentra la “latitud 0” y es el punto donde entramos al hemisferio norte.

 A los pocos kilómetros llegamos a Quito y nos quedamos un par de días.
Recorrimos a pie el barrio histórico y colonial.
Los paseos por la ciudad no eran fáciles en subida, teniendo en cuenta la falta de oxigeno y que la temperatura que cambia varias veces al día, según si sale el sol o llueve.
Quito es una ciudad moderna y muy agradable, que se encuentra a los 2.800 metros de altura.
Se dice que el Inca Atahualpa eligió este valle como su ciudad para estar lo más cerca posible del díos sol.

El sábado temprano continuamos hacia el norte y llegamos a Otavalo, un pueblito donde la mayoría habla quechua y donde hay un gran mercado de frutas y artesanías.
Muchas personas todavía mantienen el vestuario típico: los hombres de pantalón blanco y sombrero de fieltro, las mujeres camisa blanca con volados, falda larga y una tela doblada y colocada sobre la cabeza.

El mercado de frutas, verduras y carnes es realmente pintoresco.

Las facciones de las personas, sus expresiones, los colores de sus ropas y diseños, la oferta culinaria, es muy interesante y diferente de lo que se encuentra en el resto de  Ecuador.

Paolo y Charlie que tienen el estómago más fuerte se dieron el lujo de probar trucha frita, cocinada y servida en la calle, con un nivel higiénico muy, pero muy precario.
Yo me animé al pan y humita de choclo.

Más al norte queda Ibarra, denominada la ciudad blanca porque – como en Arequipa Perú – el centro antiguo presenta las fachadas de las casas e iglesias construidas con piedras blancas.
Dormimos dos noches en el estacionamiento de la hostería Estelita, un lugar en lo alto  de una montaña desde donde se disfruta de una vista magnífica de la ciudad.
De noche cuando la nube se corre de pronto se produce un efecto que simula encender de pronto una alfombra de luces.
IMPRESIONANTE!
Lugar altamente recomendado, pues además cuenta con un restó de maderas y  grandes ventanales, donde se come estupendo, una pileta de natación panorámica y un complejo de 15 habitaciones a punto de terminar en medio de un bosque de álamos.
El dueño, un periodista que estudió y trabajó en Rusia, muy amablemente nos dejó enchufarnos a su electricidad, entonces pudimos ver la última película de Woody Allen, que compré en Bs.As. y que no nos resultó dentro de las mejores del director.

  
En la ruta hacia la frontera vimos el paisaje del Carchi, la provincia de Ecuador de lejos  más productiva, con todos los campos y montaña sembradas.

La última semana de febrero llegamos a Tulcán, la ciudad de frontera con Colombia
Un pueblo de estilo colonial y fronterizo con vista a las montañas nevadas y bastante frío.
El cementerio según ellos es el más lindo de Sur América.
Original seguro, de hecho, un equipo de artistas jardineros, mantienen los 356 días del año unas figuras de animales en ligustrina.
Aproveché el pastito y  el ambiente agradable para estirarme un poco.

 El último almuerzo en Ecuador nos costó un dólar y medio.
Consistía en una sopa de primer plato y carne asada con arroz blanco, porotos, banana frita y un vaso de jugo.
Lo mejor de estos almuerzos para nosotros es la sopa y para Charlie la carne.

En la frontera llamada Rumichaca, tardamos 5 horas para poder salir, por un error en el sistema informático de Ecuador, que absurdamente pretendía cobrarnos una multa.
Con paciencia, presiones, idas y venida del puente de Rumichaca a Tulcán logramos finalmente cruzar.

Entramos a Colombia el 25 de febrero, exactamente un mes después de entrar por segunda vez a Ecuador.
Fue el país que más tiempo estuvimos y todavía nos faltó conocer los volcanes y la selva.
De todos modos vimos variados escenarios, climas, arquitecturas, razas, idiomas, comidas, y sobretodo nos hicimos muchos interesantes amigos.
Para Antonio, Jahayra, Fiore, Janet, Ruth, Enrique, Lourdes, Luciano, Carina, Paola, Eduardo, Lucho, Janeth, Mirko, Loa, Denisse, Pedro y Gaby.
Gracias por los lindos momentos que nos hicieron pasar!

  
El primer contacto con Colombia fue Natalia, una llamativa oficial de aduana sin perro antidroga pero con minifalda, escote pronunciado, tacos altos, y una sonrisa.
Ella era la autoridad responsable de “revisar la camioneta”
Yo que había vaciado la heladera, ordenado y limpiado cada rincón y bañado al perro, me sentí frustrada por tan débil control. Tenía ganas de invitarla a seguir revisando, pero desistí dado el retraso que habíamos sufrido del otro lado de la frontera.
A los pocos kilómetros llegamos a Ipiales y la policía nos recomendó por seguridad dormir en las afueras de la ciudad, en el santuario de Lajas.
Antes que caiga el atardecer llegamos a la extravagante iglesia, declarada por el papa  Basílica Menor y construida sobre el cauce del río. Asombrosa!
 

Después de nuestros primeros 85km, sobre rutas Colombianas en perfecto estado, llegamos a la ciudad de Pasto. Limpia, ordenada, bien señalizada.
Dormimos en un estacionamiento seguro por 2 dólares.
Y soldamos el armazón del par de Ray Ban por chaucha y palitos.

Al siguiente día retomamos la Panamericana que nos llevaría después de 250km a Popayán, hicimos una parada sobre la ruta para comprar mandarinas que fue nuestro almuerzo-dieta para intentar bajar un poco de peso.

Seguimos recorriendo el camino con lindísimos paisajes de la cordillera.
También a la ciudad de Popayán la denominan “Ciudad Blanca”, por sus fachadas. Nos pareció tranquila y de vistosa arquitectura colonial.

 Fue fundada nada menos que el 1537, con el objetivo de transformarse en la capital de la Gran Granada, bajo la colonia española.
Encontramos un estacionamiento, cerca de la plaza principal, donde pasamos la noche en total seguridad.

Vimos un sistema en la telefonía celular que nos llamó la atención: existen personas en la vía pública, con chalecos fosforescentes con el mensaje MINUTO CELULAR.
La gente se acerca a comprar el tiempo que necesite y utiliza el aparato prestado por el vendedor.
Hay carteles con el mismo servicio en locales de venta de alimentos.

En la ruta, rumbo norte hacia Cali, fuimos dejando la cordillera y las alturas.
Vimos varios carteles del Ejército que transmiten seguridad a los viajeros.

Y grupos del ejército, cada diez kilómetros, armados hasta los dientes.
Nos paró, un grupo que amablemente nos interrogó y sin pedir documentos nos permitió seguir camino deseándonos Buen Viaje!

Después de recorrer 125km, llegamos a Cali.
En las afueras vimos unos coloridos y antiguos colectivos que llevan pasajeros adentro sentados, detrás colgados, y en el techo todo tipo de cosas atadas: biclicletas, motos y  hasta una heladera.
Cabe destacar que es común de los conductores pasar el semáforo el rojo y no utilizar las luces.

Llegamos al centro y bajamos en la plaza de la gobernación para sacar algunas fotos.
Se nos acercó una mujer policía llamada Mercedes, especialista en explosivos y  acompañada por su labrador.
Mercedes nos regaló un libro de entrenamiento canino para Charlie y nos respondió sin pelos en la lengua a nuestras varias preguntas sobre la F.A.R.C.
Un día les contaré personalmente…

El día y el mes lo terminamos comiendo algo con Julián, en un restó frente a una lindo parque  redondo lleno de bares que me recordaba a la Plaza de Serrano de Palermo en Buenos Aires.
Julián es un entrenador de perros que estudió y vivió 8 años en San Francisco.
Después de sorprendernos con su performance sobre su perra Tilly, lo contratamos para educar a Charlie en los siguientes 6 días. Veremos que resultados obtiene, se los contaré más adelante...

Mientras tanto alquilamos un departamento enorme y confortable para descansar en la semana y revisar la camioneta antes de seguir sumando kilómetros.
Escuché  y leí que en Cali se encuentran las mujeres más lindas del mundo.
Y bueno aquí estamos, saldremos a echar un vistazo, para comprobar si es un mito o una realidad…